sábado, 7 de mayo de 2016

NAVAJAS





La venganza se sirve siempre en plato frío. Y nunca mejor dicho. Había comprado las navajas que sabía que tanto le gustaban. Preparó su plato preferido y un postre que reclamaba un catador experto finado en estos deleites. Disfrutaron de la comida juntos, conversando y tomando vino. Elsa quería que él disfrutara. Masajeó su espalda largo tiempo, acarició su rostro con suavidad y ternura, besó su cara y culminó su plan. Durmieron largamente escuchando a Miles Davis y su Ascensor para el cadalso, dejando que la brisa de mayo y la noche les atrapara. Ding Dang. Llamaron a la puerta. Eran las 4 de la tarde. Lo invitó a que se fuera de su casa. Alguien iba a sustituir su presencia. Se despidió de él sabiendo que jamás volvería a verlo, pero sabiendo también que dejaba en él el ansia de una posible felicidad juntos, ansia de saber que ella podía ser una esclava egipcia para él. Había urdido este plan durante semanas, cansada de ser un segundo plato para él. Ahora ella lo miraba satisfecha de ver su desconcierto. Satisfecha de ver cómo los ojos de él denotaban amparo y, sin embargo, ella estaba segura de que ya no lo necesitaría, segura de que las navajas engullidas con tanto placer le habían helado su estómago y su corazón. Y que el ascensor lo descendería al cadalso de la soledad. 

viernes, 5 de junio de 2015

MATERNIDAD





¿Has escuchado alguna vez Samba da Bençao? Dice así: "É melhor ser alegre que ser triste. Alegria é a melhor coisa que existe. É assim como a luz no coração. Mas pra fazer um samba com beleza é preciso um bocado de tristeza..." Elsa padecía de una enfermedad llamada ilusión. Su tendencia a ver el mundo desde el prisma de la fantasía no le dejaba ver la realidad tal como era. Disfrutaba de las pequeñas cosas con ansiedad. Solía sentarse  en el banco del parque que había cerca de su casa y dejaba que el aire la hiciera soñar. Abría los ojos y miraba lo que le rodeaba con la altivez del que sabe que esconde la felicidad. Apreciaba cada momento de su vida y acariciaba los recuerdos de su memoria. Se sentía diferente y sabía que este sentimiento podía incomodar a cualquiera.
Un día Elsa tuvo que empezar a prestar su tiempo a otra persona. Y su dedicación a sí misma pasó a tener un papel secundario, e incluso terciario. Quería seguir yendo al parque, mirar y atesorar la felicidad, pero por más que lo intentaba, otra persona le arrebataba todo intento. Ahora Elsa no iba al parque, miraba lo necesario e inmediato y, a veces, su sentimiento de felicidad se convertía en resignación.
El tiempo transcurrió y para sorpresa de Elsa, siguió teniendo poco tiempo para su individualidad, pero, sin embargo, el sentimiento de felicidad fue acompañándola de nuevo. Ahora ese sentimiento era distinto, contradictorio, pues no la dejaba emerger a ella, ya no era la protagonista de su historia y, sin embargo, sentía que lo que estaba viviendo y lo que estaba por llegar era mucho más de lo que antes atesoraba. Dejó su ego de lado y empezó a compartir con aquella otra personita su nueva dualidad. Y su renovada ilusión volvió a envolverla, esta vez con nuevas pequeñas cosas, con nuevas sensaciones que sabía que la acompañarían por el resto de su camino.

Mas pra fazer um samba com beleza é preciso um bocado de tristeza...

jueves, 4 de junio de 2015

CANSANCIO


Su cuerpo estaba hinchado. Su agilidad, huida. Su piel, blanquecina. Y su belleza, perdida. Su alma estaba hipotecada. En unos años le sería devuelta. Mientras, emergía por las noches. Sobre las 11 de la noche, anestesiaba su cansancio y revivía algunos momentos de su vida. Volvía a bañarse desnuda en aguas frías, a hacer el amor con algún joven y a peregrinar por sus decisiones. Solo tenía una hora. A las 12 volvería a ser madre.Todo ella, angustiosa de pérdidas, pérdidas de ella misma. Gritaba y solo le respondían voces cómodas de egoísmo. Apuró su último trago y dejó en suspensión sus pensamientos.

"Un cansancio ansioso de alcanzar de un salto, de un salto mortal, la meta última, un pobre cansancio ignorante que ya no quería ni siquiera querer".  Nietzsche.

domingo, 4 de mayo de 2014

ELSA




Se sentaba justo en frente de él. Pedía siempre un café con leche, con azúcar moreno. Sabia de ella poco y lo sabía todo. Oía sus conversaciones. Conversaciones triviales, y sin embargo, sus ojos denotaban  cierta atractiva melancolía. A veces, se imaginaba una vida con ella, pero pronto borraba de su mente ese deseo. Ella no era el tipo de mujer con el que él mantenía algún tipo de cercanía. Ni siquiera le gustaba, sólo le atraía su agradable disposición hacia la melancolía. No era tristeza, más bien era un sentimiento de quietud. Ella parecía el tipo de persona que estaría dispuesta a hacerle feliz, como si hubiera nacido con ese único propósito. Era un sentimiento egoísta por su parte. A él no le interesaba hacerla feliz, más aún pensaba que ella sería feliz haciéndole feliz a él. Un día oyó su nombre: Elsa. Le gustaba ese nombre. La hacía menos anodina. Así que quiso probar una cercanía con ella, pero le daba miedo perder aquel halo que los envolvía a los dos. Fueron dos palabras: ¿Tienes hora?
Había rebasado la línea de los sueños. Sintió apesadumbrado el peso del tiempo en un instante. Ni siquiera Elsa era su mujer. Nadie lo era. Vivía consigo mismo.
Volvió a ir cada mañana a esa cafetería durante mucho tiempo, pero ya no le gustaba mirarla. Ella, ajena a la tristeza que había proporcionado, seguía hablando de trivialidades  y sus ojos ya no eran tan expresivos. Un día, Elsa no apareció. Y nunca más lo hizo. Y aquella oportunidad se esfumó. Aquella posibilidad nunca llegó a darse una oportunidad. Nunca llegaron a besarse. Nunca llegaron  a mirarse.

martes, 11 de marzo de 2014

ANDRÓGINO


- Pase, pase.
- Buenos días, doctor.
- ¡Vaya! Un diván. ¿En serio?
- No, solo es una camilla. El diván lo ve usted… ¿Qué le ocurre?
- Creo que soy un ser andrógino.
- ¿Cómo dice?
- Sí, creo que soy un ser sin definición.
- Ya veo. Y ahora mismo, ¿en qué lado se encuentra?
- En el del diván.
- ¿Le sucede a menudo? Digo lo del diván.
- No, a veces solo estoy en una camilla.
- ¿Y qué siente cuando se encuentra en un diván?
- Dosis de fantasía
- ¿Y cuando se encuentra en una camilla?
- Dosis de realidad.
- ¿Por qué cree que es andrógino?
- Porque soy un ser extra-ordinario.
- Le habrán contado, pues, probablemente, que Platón nos refería la existencia  de un ser llamado andrógino; este ser reunía en sí a los dos sexos: el sexo femenino y el sexo masculino. Estos seres contaban con cuatro brazos, cuatro piernas, dos rostros y una sola cabeza. Tales cuerpos resultaban muy vigorosos y concibieron la idea de combatir a los dioses. Zeus, entonces, planeó un medio para debilitar a los seres humanos: dividirlos en dos. Desde entonces los humanos tuvieron que caminar sólo con dos piernas. Hecha esta división, cada mitad hace esfuerzos para encontrar a su otra mitad. Cada uno de nosotros, diría Platón, "no es más que una mitad de ser humano, que ha sido separada de su todo como se divide una hoja en dos."
- Sí, sí, pero yo no busco a mi otra mitad. Sé que la tengo, en mí. Pero nunca estamos juntos.Hay momentos del día en que soy diván y hay momentos del día en que soy camilla. Pero no me refiero a esos seres. A ellos ya los han soñado y son uno. Yo soy un ser con ambos sexos en mí que aún no ha sido concebido y, por tanto, aún no he sido definido.
- ¿Cree que es genético?
- No creo, aunque mi madre tiene un lado femenino muy poderoso.Creo que me soñará como mujer, definitivamente seré diván.
-Espérese a nacer, Elsa y deje que mientras comiencen a soñarla. 

Habitante, gracias por inspirarme...

 


martes, 11 de junio de 2013

EL SILENCIO DE LAS SIRENAS. FRANZ KAFKA.



Existen métodos insuficientes, casi pueriles, que también pueden servir para la salvación. He aquí la prueba:
Para protegerse del canto de las sirenas, Ulises tapó sus oídos con cera y se hizo encadenar al mástil de la nave. Aunque todo el mundo sabía que este recurso era ineficaz, muchos navegantes podían haber hecho lo mismo, excepto aquellos que eran atraídos por las sirenas ya desde lejos. El canto de las sirenas lo traspasaba todo, la pasión de los seducidos habría hecho saltar prisiones más fuertes que mástiles y cadenas. Ulises no pensó en eso, si bien quizá alguna vez, algo había llegado a sus oídos. Se confió por completo en aquel puñado de cera y en el manojo de cadenas. Contento con sus pequeñas estratagemas, navegó en pos de las sirenas con alegría inocente.
Sin embargo, las sirenas poseen un arma mucho más terrible que el canto: su silencio. No sucedió en realidad, pero es probable que alguien se hubiera salvado alguna vez de sus cantos, aunque nunca de su silencio. Ningún sentimiento terreno puede equipararse a la vanidad de haberlas vencido mediante las propias fuerzas.
En efecto, las terribles seductoras no cantaron cuando pasó Ulises; tal vez porque creyeron que a aquel enemigo sólo podía herirlo el silencio, tal vez porque el espectáculo de felicidad en el rostro de Ulises, quien sólo pensaba en ceras y cadenas, les hizo olvidar toda canción.
Ulises (para expresarlo de alguna manera) no oyó el silencio. Estaba convencido de que ellas cantaban y que sólo él estaba a salvo. Fugazmente, vio primero las curvas de sus cuellos, la respiración profunda, los ojos llenos de lágrimas, los labios entreabiertos. Creía que todo era parte de la melodía que fluía sorda en torno de él. El espectáculo comenzó a desvanecerse pronto; las sirenas se esfumaron de su horizonte personal, y precisamente cuando se hallaba más próximo, ya no supo más acerca de ellas.
Y ellas, más hermosas que nunca, se estiraban, se contoneaban. Desplegaban sus húmedas cabelleras al viento, abrían sus garras acariciando la roca. Ya no pretendían seducir, tan sólo querían atrapar por un momento más el fulgor de los grandes ojos de Ulises.
Si las sirenas hubieran tenido conciencia, habrían desaparecido aquel día. Pero ellas permanecieron y Ulises escapó.
La tradición añade un comentario a la historia. Se dice que Ulises era tan astuto, tan ladino, que incluso los dioses del destino eran incapaces de penetrar en su fuero interno. Por más que esto sea inconcebible para la mente humana, tal vez Ulises supo del silencio de las sirenas y tan sólo representó tamaña farsa para ellas y para los dioses, en cierta manera a modo de escudo.



martes, 7 de mayo de 2013

ETIQUETAS



Tenemos una tendencia eterna a etiquetar todo lo que vivimos, sentimos, experimentamos. Además acompañamos a esa etiqueta  de su pareja justificación, de por qué esa etiqueta y no otra. Todos los sentimientos son etiquetados: me gusta, le quiero, le odio, me encanta…porque me hace sentir así; o me ha dicho esto o ha hecho esto otro  y por ello le quiero; y le odio, porque no me ha dicho o hecho esto…Cada vez que alguien me pide una etiqueta  para algún sentimiento que profeso a otra persona, a otro ser, y seguidamente me pide su acompañada justificación, y yo corderitamente accedo a dar la etiqueta y la justificación, acabo infinitamente arrepentida de haberle dado una forma tangible, un límite, a ese sentir. ¿No es en sí un sentimiento un cúmulo de sensaciones ilimitadamente etéreas? Pero cuando intentas transferir tu sentimiento a quien te reclama la pertinente etiqueta, que no tiene perfil para limitar todo lo que sientes, y no se la das inmediatamente,  te mira como si le estuvieras negando una verdad absoluta, como si te negases a ser sincero, cuando no hay forma más sincera de darle existencia a tu sentimiento que sintiéndolo. Por eso siempre me han faltado palabras para expresar ese halo, nunca son palabras precisas, nunca llegan a describir exactamente tu emoción, y es en el momento de darles nombre  cuando más triste me siento. Debería ser buena en seleccionar términos, pero soy mejor en sentir. Cuando algo no es sentido, es fácil encontrar términos descriptivos. Juan Ramón Jiménez tuvo este ligero problema, pero en ese afán de encontrar la palabra precisa, cayó en el fraude de dar forma a sus sentimientos huérfanos de terminología. 

Me niego infinitamente a ponerle etiqueta a la profesión de mi alma.